• Lucio Gutierrez

Crianzas Distraídas (en la tecnología)

Un fenómeno de creciente molestia pública son los llamados smartphone zombies o  smombies: transeúntes que ponen la atención en su móvil mientras caminan (1). La situación ha llegado a tal punto que en algunas ciudades del mundo como Estocolmo,  Bruselas, Amberes y Chongqing ya se han demarcado vías exclusivas o señaléticas para quienes avanzan prendidos de sus dispositivos (2,3, 4).

Ceda el paso a smombies cruzando la calle

Los smombies refieren muchas veces no tener mayor dificultad para caminar y mirar su móvil, aunque la evidencia científica opina lo contrario, con un creciente aumento de accidentes relacionados con el uso de celulares en transeúntes (5). Se ha encontrado que las personas pendientes de su teléfono móvil tienden a caminar más lento, cambian direcciones más frecuentemente, identifican menos la presencia de otras personas alrededor y son menos proclives a detectar actividades inusuales en la vía pública (6). Esto por cierto afecta a otros transeúntes, que muchas veces tropiezan con un smombie en las escaleras del Metro, a la salida de un edificio público o en una acera estrecha.


Quizás no sea Ud. un franco smartphone zombie, pero probablemente conocerá la experiencia de estar inmerso en el mundo virtual que ofrece la conectividad remota e instantánea. Sabrá relacionarse con la idea de haber perdido los límites del tiempo y la percepción de la presencia de los otros al estar absorto en sus correos y lo que sucede en Facebook, Instagram, Snapchat, Whastapp, Telegram, LinkedIn, Twitter, Google+, Vine, Tumblr, etc.


Crianzas distraídas: cuando los zombies son padres


Hay una expresión más discreta y sutil de este fenómeno, a mi juicio mucho más grave a escala humana: los efectos de una crianza atenta a los smartphones o, como ha venido a llamarse, las paternidades distraídas (distracted parenting). Los tropiezos, allí, no son para los adultos: son para los niños en desarrollo.

Mamá.... mamá.... MAMÁ!

Así como los smartphone zombies refieren no tener dificultades haciendo ambas cosas a la vez, he podido conocer a muchos padres que refieren no tener dificultades en mantenerse conectados a Facebook, Whatsapp, Instagram, sus correos y mensajería instantánea, y desarrollar sus actividades de crianza cotidianamente. No consideran esto tenga mayor merma para sus niños. Quisiera aquí desarrollar algunos puntos que buscaran ilustrar lo contrario.


Una observación de conductas en la plaza: un niño de unos cinco años jalaba y jalaba el brazo de su madre insistentemente mientras ella 'chateaba'. El niño le tomaba el brazo. Ella forcejea en contra, sin mirarlo, intentando completar lo que fuese que estaba escribiendo. El niño procuraba un sonido repetitivo "eín-eín-eín" como una suerte de mantra de protesta mientras usaba su cuerpo para adquirir más fuerza contra ese brazo obstinado. Pasan en esto medio minuto, que puede ser bastante en estas condiciones. La madre termina saliendo exasperada de su actividad virtual y le increpa enérgicamente, apuntando a  su falta de respeto. El niño detiene su conducta, se aleja unos instantes, vuelve a ella con un terrón de barro, que deposita sobre sus faldas, en el campo de mirada de su celular. La madre monta en cólera y lo agarra del brazo mientras lo reprende. El niño llora, la madre lo deja a un lado y continua su actividad virtual. El niño se calma a sí mismo, se va a jugar al sector de arena y comienza a echarle arena a su zapato, pasa luego a enchastrar los columpios y finalmente a la que parece ser su hermana, quien por supuesto hace notar lo que esta sucediendo con un enérgico grito. El niño no se ha dejado vencer e intenta recuperar a la madre a través de una provocación indirecta. La madre no logra comprender esto como un llamado a su atención y lo interpreta como un acto violento. No ve que el niño se ha sentido violentado por la atención dividida y manifiesta ansiedad asociada a una condición que puede ser tremendamente enloquecedora: el estar y no estar a la vez. 


Los infantes, tal como los otros transeúntes, a veces reclamarán. Aunque cualquiera que ha tenido la experiencia de estar con niños sabe que un reclamo no viene formulado como lo haría un adulto.


Por otra parte, existe cierto modo de ver las cosas que pone el acento en las conductas y tiende a minimizar estos reclamos. Por ejemplo el lograr jugar con la niña o columpiar al niño al tiempo que se mantiene el uso del celular. El cuidador o cuidadora podrá justificar que de igual modo logra hacer ambas actividades, desmereciendo el peso de los 'tropiezos' que tienen lugar en esa experiencia. Allí surge entonces la pregunta de si habrá algo que va a pérdida más allá de 'lo práctico'. Algo que se pierda por la atención dividida.


Atención, sensibilidad y responsividad: lo que va a pérdida en la crianza con la atención constante a los smartphone


Mencionaré dos vertientes en las que las crianzas distraídas muestran potenciales efectos nocivos para el crecimiento emocional de los niños: el aprendizaje directo del comportamiento atencional de los padres y la experiencia relacional.


1. Sobre el aprendizaje del comportamiento: las consecuencias son evidentes. Si los padres -que son referencia primaria de las conductas de los niños- se encuentran constantemente pendientes de lo que ocurre con sus dispositivos y distraídos de su relación con los niños, éstos aprenderán que 'algo' sucede en ese mundo virtual. Un 'algo' que merece la atención de sus padres tanto (o más) que ellos mismos. Este aprendizaje por modelamiento establece las prioridades respecto a qué es lo más importante de atender, qué es lo valioso de la experiencia, y dónde se encuentra eso valioso (si en el mundo materialmente presente o en el mundo virtual).

En otras palabras, al estar constantemente atento al celular le comunico a mi hijo/a que la experiencia en el aquí, ahora, juntos es menos valiosa que lo que sea que esté sucediendo en la pantalla. El niño o niña aprende esta cuestión y, en su momento, lo reproducirá con fidelidad. Será unsmombie más. Como refiere la doctora Kennedy-Moore: "Como padres, una de las cosas más importantes que enseñamos a nuestros hijos es cómo estar en una relación. Los dispositivos son parte de nuestras vidas, y no van a desaparecer, pero podemos tomar decisiones sobre como los usamos que comunican nuestros valores a nuestros niños"(7).


2. El plano de la experiencia relacional: es más complejo. Este refiere a los efectos directos que tienen para el niño o niña que sus padres se relacionen con ellos con la atención dividida. El desarrollo emocional corriente se nutre de la experiencia de encuentro aquí, ahora, juntos. Para que el niño o niña crezca emocionalmente requieren que papá y mamá intenten estar en una relación 'de cuerpo y alma' presentes. Típicamente a partir de la actividad de juego en la infancia temprana y progresivamente hacia lo conversacional conforme van creciendo. La naturaleza de lo que allí acontece no se ciñe a una serie de conductas.


Cada encuentro que nutre la experiencia en la infancia temprana es un encuentro muy especial. Se basa en que los padres están en una disposición atenta (paradojalmente sin notarlo) a las claves que dan sus hijos respecto a qué es lo que está sucediendo. Ni los padres ni los niños están conscientes de ello, y en eso reside gran parte de la belleza del asunto. Es un encuentro basado en esa sensibilidad y volcado a anticipar y responder a las claves del niño. Le llamamos por eso un encuentro sensible y responsivo.


Un ejemplo de un encuentro sensible y responsivo: unos padres llevan a su hija de 3 años a columpiarse. Él la ubica en el columpio, mientras la madre está a un lado. La nena comienza a pedir más 'vuelo' (impulso). El padre, que está por el frente, le da más impulso. La niña ríe, el padre ríe de vuelta, se miran a los ojos. La madre mira esto de reojo y sonríe, se desliga de sus responsabilidades de madre por un rato mirando su celular y descansa en que el padre sabrá cómo hacerlo. La niña pide menos impulso, refunfuña un poco, el padre introduce un juego haciendo un ruido "ooooh!" y unos floreos con las manos, como si fuese a hacerle cosquillas cuando se acerca el columpio, pero no lo hace. La niña ríe nerviosa, sabe que es un juego de cosquillas, se nota un poco cansada ya. Refunfuña más y el papá detiene el juego de manos. En algún momento pide mamá, ha sido suficiente de papá. La madre guarda su smartphone e ingresa a la escena, bajando a la niña del columpio. El padre toma de la mano a la madre, conversan algo. La niña aprovecha la ocasión y se cuelga de las manos tomadas de papá y mamá, como si quisiera seguir columpiándose pero esta vez en los brazos de ambos padres, separándolos ('yo soy la reina foco de su interés') y a la vez disfrutando de la situación. Los padres dejan que eso pase y la bambolean un poco. La nena se va corriendo a un resbalín.

Si los niños son 'leídos' en esas claves de modo correcto, algo del orden del crecimiento emocional toma lugar. Los niños se nutren de la magia cotidiana que viven (cuando las cosas marchan bien) al ser interpretados correctamente la mayoría de las veces sin la necesidad de recurrir al lenguaje verbal, o con muy poca exigencia de ello. Esto no implica que no se comuniquen verbalmente -por cierto que lo hacen- pero la mayoría de las veces los padres captan el estado emocional de los niños antes que ellos hayan hecho un esfuerzo consciente por hacérselos notar. Que los padres proporcionen las condiciones para este encuentro permite, entre otros logros, que los niños reconozcan sus afectos y sensaciones como propias, contribuyendo al desarrollo de su sentido de ser una persona, creativa, única y singular.

En ese sentido todas nuestras teorías del desarrollo emocional asumen que cuando los padres tienen encuentros de calidad con sus hijos, relajados, atentos y responsivos con las necesidades de éstos, los resultados serán mejores que frente a padres tensos, distraídos, apremiados por el tiempo y resintiendo las tareas que se le imponen a la paternidad (8).


Una crianza distraída por la atención continua a los smartphones rompe justamente con la experiencia del encuentro. Cuando esto se vuelve una pauta permanente tendrá efectos significativos en el desarrollo emocional en general y sobretodo en lo que respecta a los procesos de regulación afectiva y atencional.


Este es un terreno sostenido hoy con fuerza por la teoría y la evidencia clínica. Observamos familias que día a día consultan por las dificultades en el reconocimiento y en el manejo de las emociones por parte de los niños y por estados de excitación continua. Los niños de padres smartphone zombies muestran tremendas dificultades para sostener su atención en condiciones calmas, reconocer sus estados emocionales, expresar empatía o conductas prosociales de atruismo. O, en otra línea, vemos la presencia recurrente de fenómenos depresivos subclínicos, como si la fantasía y la imaginación estuviesen cruzadas por un velo de gris quietud. La experiencia de un padre o madre que "está y no está a la vez" tiñe la relación que los niños llegarán a tener no sólo con el mundo circundante y con sus relaciones cercanas sino -más importante aún- con ellos mismos. 


El alcance de las consecuencias


Sopesar el alcance de las consecuencias de este tipo de comportamientos por sí solo es imposible. Por supuesto que lo primero es reconocer que la tecnología en sí misma no conduce al problema, es el uso que se le da el que está en cuestionamento. En ese sentido, vale la pena pensar qué es lo que está sucediendo en un padre que requiere mantenerse continuamente 'conectado' con la realidad de la vida social virtual. O alternativamente, que rehuye el encuentro atento, sensible y responsivo con sus hijos. Las motivaciones allí podrán encontrarse en una exploración personal y resulta difícil agrupar criterios para nombrarlas.


En todo caso, al menos podemos señalar que no dará lo mismo si el sobreuso del celular se trata de una pauta estable o una conducta ocasional. Ni si esta pauta se establece en la temprana infancia o si surge con posterioridad (ej. en la adolescencia de los niños). Ciertamente una pauta estable y mantenida desde la temprana infancia tendrá la más honda de las repercusiones y probablemente será parte de un patrón generalizado de desatención a las necesidades emocionales del infante. Mayor evidencia empírica al respecto esta por llegar. Por lo pronto, el equipo pionero de Baram y colaboradores (2016) encontró recientemente en un estudio con roedores (por motivos éticos un estudio así no se realizaría con humanos) que la fragmentación e impredictibilidad de las señales provenientes de la madre (similar a lo que podría ser un patrón humano de atención dividida en los hijos y en otros estímulos como el smartphone) provocaron disfunciones emocionales y cognitivas en sus crías (9). Todo apunta a pensar efectos similares para el desarrollo neuromadurativo en crías humanas, potenciando el desarrollo de patología mental y disminuyendo el potencial de resiliencia (capacidad para sobreponerse a dificultades y frustraciones mayores) en la edad adulta.


Probablemente si Ud. se encuentra leyendo este artículo no se encuentre dentro de esa categoría.Pero son los puntos intermedios los que resultan más difíciles de considerar. ¿Hasta donde es 'saludable' permanecer conectado? Reconocer el sobreuso de smartphones en los padres amenaza con instalarse como una prohibición más dentro del amplio número de exigencias que se le imponen a los padres contemporáneos. También debemos reconocer que en varios aspectos la vida social en los smartphones puede también servir de medio de descarga o un modo de mantenerse acompañados en las arduas tareas de la paternidad. Por ejemplo, en un grupo de mamás donde ellas plantean sus dudas y ansiedades y comparten los modos de resolver cuestiones cotidianas. ¿Hasta dónde el uso entonces?


Otra situación: madre y nene de 3 años, en la plaza. Él le gritaba enérgicamente desde el cajón de arena. La madre atina, deja el aparato y responde al llamado dulce y juguetonamente. Permanece sentada, no va hacia él pero su voz le acompaña.


Luego vuelve a conectarse al smartphone. El nene vuelve a llamarla y ella le contesta sin mirarle, continuando su actividad virtual. El niño insiste, la madre da un discreto suspiro, guarda el aparato, se levanta y va a jugar con él. El niño comienza a platicar de lo que ha hecho, lo que le dijeron otros niños, de su mundo de fantasía y de sus experiencia reciente. La madre responde afectuosamente, el niño parece celebrar su triunfo con un abrazo y lo que parecen a la distancia un par de trozos de pasto a modo de un regalo (¿una torta de pasto?). La madre coge el celular de pronto y escribe dos o tres cosas. Va a guardar espontáneamente el celular pero ya no es necesario. El niño lo acepta, parece haber tenido su dosis de madre como para poder volver a la relación con los demás niños. El niño le grita mientras corre alejándose a jugar, que va a meterse por el túnel y que 'todos los superhéroes van a celebrar el cumpleaños'.


Como todo en la paternidad no hay recetas fijas ni pautas absolutas. Es en el reconocimiento de las situaciones aquí y ahora con el niño o niña que los padres pueden tomar la mejor noticia respecto de lo que es necesario hacer o no hacer. Me he topado con padres que me relatan el padecimiento a posteriori de haberse pasado la tarde entera colgados en el celular y sólo tardíamente reconocer que "estuvieron pero no" con sus niños. Está allí la mejor brújula de todas. La cuestión es aprender a escucharla y no desestimarla en la siguiente oportunidad de estar con los niños.


También los niños reclamarán a su manera, si la pauta no ha sido tan desarrollada como para destruir la esperanza de recuperar a sus padres y ganarle la batalla a su contrincante virtual. Y reclamarán muchas veces con todos sus recursos, incluyendo desmanes, pataletas, gritos o una posterior ofuscación y desaliento.


Nuevamente, estará en los padres la tarea de reconocer el llamado.


Versión inicial: Abril de 2016

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