Adicto a los Videojuegos: una historia
- Lucio Gutierrez
- 20 ago 2019
- 3 Min. de lectura
Un poco más de veinte años atrás, cuando estaba en pregrado, tenÃa un compañero de licenciatura, llamémoslo PM, que era dado al videojugar. A videojugar bastante. Un dÃa, al irme el campus, dejé a PM cerca de las 16:00 hrs. en las salas de ingenierÃa de la universidad (las únicas, en ese entonces, con conexión a Internet 24/7). Me dijo que se quedarÃa "un rato más", jugando. Volvà al otro dÃa, casi a las 09:00 AM: PM habÃa pasado toda la noche allÃ.

En esa época los computadores eran una terminales negro con letras verdes o naranjas, y los "juegos" eran textos que intercambiaban online muchos jugadores. No habÃa escenarios hiper-realistas, animaciones 3D, sonido envolvente, realidad aumentada, ni nada parecido. Aún asÃ, el caso de mi amigo no era infrecuente entre los estudiantes de ingenierÃa. Todos conocÃan el caso de "uno por ahÃ" que habÃa reprobado el semestre por pasársela en los videojuegos. Era un tema de nerds, de geeks, de individuos especiales.
PM continuó usando las terminales con bastante frecuencia. Me sorprendÃa cómo me hablaba de los "lugares" que visitaba en sus juegos, ciudadelas y pueblos. De las personas (reales) que conocÃa durante el juego y sus "personajes" virtuales (un guerrero, un bardo, cosas de literatura fantástica medioeval por el estilo). Recuerdo cómo él gozaba con los logros que iba obteniendo, con el desarrollo y fortalecimiento de su personaje tras cada partida de juego, con los mundos en los que parecÃa habitar tras la consola.
Todo eso en pantallas negras y letras naranjas. Era muy sorprendente.
Al mismo tiempo, me embargaba cierta sensación de tristeza y vacÃo al escucharlo. ParecÃa que mucho mundo fantaseado pasaba en esa esfera de su vida, y al mismo tiempo muy poco mundo transcurrÃa, en la esfera donde yo estaba. Eso, al menos, me parecÃa.
Junto a otro amigo del grupo intentamos "acompañar" a PM y me metà en el juego. Duré poco, me resultaba tedioso y sumamente trabajoso seguirle la pista. Mi sensación era de infertilidad, de ocupar el tiempo en algo que no me brindaba mayor satisfacción ni contribuÃa a mi modo de ser. Al par de semanas lo dejé sin mucho avance. PM, por otra parte, avanzaba y avanzaba y seguÃa contándome de sus logros. Era como si, de algún modo, estuviésemos jugando juegos distintos. El de él era un mundo épico lleno de aventuras, adrenalina y gloria. Mi juego, una aventura gráfica de letras naranjas en un fondo negro mientras comÃa un sandwich de "ave pimiento" (que vendÃan por ahà y yo encontraba el mejor del campus).
Mi amigo PM reprobó varias materias de su licenciatura ese año. Más adelante ingresó a psicoterapia y encontró una relación de pareja que creo le ayudó mucho. Logró también avanzar en sus materias, encontró nuevos grupos donde pertenecer y ser valorado, pero el videojugar en exceso fue un lÃo importante durante mucho tiempo. DirÃa que allà quedó en mà una pregunta que hasta el dÃa de hoy sigue rondando: ¿qué encuentran los jugadores en el espacio virtual que lo hace tan increÃblemente placentero y hasta, digámoslo, "adictivo"?
En ese momento, entre adolescencias, supongo que alcancé a ver que PM tenÃa una dificultad más allá de los videojuegos. Hoy en retrospectiva no tengo duda que mi amigo estaba deprimido y que, en la medida que pudo tratar esos aspectos de su personalidad que alimentaban esa respuesta depresiva en él, el uso problemático de los videojuegos disminuyó. El amor hizo su buena parte, también.
Si hoy fuese evaluado profesionalmente, probablemente PM recibirÃa un diagnóstico de trastorno por videojuegos.
