• Lucio Gutierrez

Sobre la nostalgia de ir 'a paso de humano'

Un día me encontré cruzando la frontera con Argentina y me topé con un cartel que decía "circular a paso de hombre". Me hizo pensar desde la obviedad a la puesta en evidencia de la vertiginosidad de nuestros tiempos.


Un tiempo acelerado que transita de un modo invisible para la mayoría de los ciudadanos urbanos, que queda en evidencia en el ‘relajo’ de las constreñidas vacaciones, en la nostalgia de ‘tiempos anteriores’ y la idealización de la vida campestre. Creo que una buena parte de esa exigencia es invisible porque queda condicionada por las expectativas naturalizadas que realizamos en torno a la tecnología.

 

Una persona que dispone de un smartphone y ha instalado aplicaciones como la masificada WhatsApp se ve inmediatamente sumergida en el problema de la disponibilidad de respuesta. Tiene una serie de contactos que ha incluido como posibles destinatarios pero también puede ser incorporado como receptor de las comunicaciones de otros que tienen su número telefónico. Una de las particularidades de esta aplicación es que ha comenzado poco a poco a instalarse desde un sistema de mensajería gratuito (en su momento alternativa a los SMS) a un canal continuo de comunicación virtual. 


Es decir, de los mensajes a la pretensión de las conversaciones. Esto no transita sin efecto para la subjetividad. Los individuos comienzan a sostener dos, tres, cuatro, diez conversaciones en simultáneo, tanto presenciales como virtuales. Y, más aún, cuando reciben otras comunicaciones que no han iniciado se ven exigidos a dar una respuesta, más o menos pronta si no instantánea, dependiendo de las características de cada escena comunicacional y los otros involucrados.


Esa demanda de multivocalidad e instantaneidad combinadas constituye una extrema formación del Yo saturado propuesto hace dos décadas por Kenneth Gergen (1).

Las personas en nuestra sociedad no alcanzamos a responder a la cantidad de conversaciones de las que somos parte en las redes sociales y que nos demandan una respuesta. Paradojalmente, buscamos esas relaciones hasta llegar a un estado de saturación del cual deseamos luego escapar.



El Yo se ve asediado y se instala, a mi parecer, como una suerte de exigencia Superyoica que opera a modo de un asedio constante para el sujeto urbano contemporáneo. Ofrece sus seducciones también, por cierto, en tanto favorece cierta ilusión de omnipresencia y en parte un sentimiento de omnipotencia respecto de las limitaciones sensorio-perceptuales, espacio-temporales y emocionales.


Ciertamente el enganche gozoso a mantenerse conectado tiene que ver con ello. Pero nos alerta también respecto de la necesidad de pensar estos modos comunicacionales y sus consecuencias más allá de las posibilidades que evidentemente ofrecen en términos de un aumento del alcance y eficiencia coordinativa.

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