VDD: El impacto de los bots en las elecciones: Cómo influyen y por qué importan
- Lucio Gutierrez

- 11 dic 2025
- 5 Min. de lectura

Desde el medio Verificación de Datos Chile nos contactaron en el Magíster de Clinica Relacional para dar una opinión informada sobre el impacto de los bots en las elecciones. Les comparto el cuestionario completo, que dio pie a una conversación interesante.
1. ¿Por qué la repetición masiva de mensajes en redes sociales puede cambiar la percepción de las personas sobre un candidato o una idea, aunque esos mensajes sean generados automáticamente por bots?
La repetición continuada, aun cuando provenga de fuentes artificiales, encierra el pensamiento en un único registro. La insistencia del mensaje desgasta la capacidad de sostener alternativas y termina instalando la impresión de que aquello que se repite es, simplemente, “lo que está ocurriendo” en el entorno social. La percepción se modela no por la solidez del argumento, sino por la insistencia del enunciado, que empieza a funcionar como un estado naturalizado de las cosas.
A esto se suma que los bots explotan, con notable eficacia, las reglas de la persuasión, produciendo mensajes que resultan verosímiles y que confunden al receptor: ante la falta de referentes de verdad, lo que parece plausible y verosímil empieza a confundirse con lo verdadero. En ese escenario de saturación, el sujeto debilitado deja de contrastar y pasa a responder a aquello que recibe, sin distinguir si proviene de una voz humana o de una arquitectura automatizada cortada a la medida de lo que se requiere para producir efectos en los seres humanos.
2. ¿Cómo impacta en las personas la exposición continua a contenido polarizante o agresivo en redes sociales, aun cuando una parte de ese contenido pueda ser generado por bots?
La exposición persistente a contenido agresivo cansa, endurece y desgasta. El sujeto queda capturado en una atmósfera afectiva donde la agresión se vuelve el código dominante, lo que empobrece la percepción del otro y reduce la conversación a reacciones defensivas. Se producen además efectos de contagio o sugestión grupal, lo que polariza aún más las opiniones (hay un cruce híbrido entre lo virtual y lo tangible entre las personas; y entre lo producido artificialmente y las opiniones humanas)
Ese agotamiento deja menos espacio para el pensamiento y más para la respuesta automática. El resultado es una vida interna comprimida, sin matices, que responde desde la irritabilidad o la desconfianza, incluso si una parte relevante del flujo proviene de bots que el usuario no puede identificar como tales. Es parte de lo que Eric Sadin llama la “fatiga de ser uno mismo”: sostener una posición propia, con matices, con puntos de vista creativos y personales, es un trabajo que se hace más difícil en condiciones donde la sociedad presiona por tomar partido polarizadamente.
3. ¿Por qué la circulación de mensajes manipulados o coordinados dificulta que las personas distingan lo auténtico de lo artificial, y qué efectos tiene esto en la confianza pública?
El entorno digital uniforma: un mensaje humano y uno producido por un bot adoptan los mismos códigos de escritura, la misma retórica condensada, la misma estética visual. Esa homogeneidad borra los criterios para distinguir su procedencia y deja al sujeto en un estado de indeterminación sostenida. Cuando no es posible identificar quién habla, tampoco es posible confiar. La confianza pública se erosiona precisamente allí: en la imposibilidad de establecer un suelo común desde el cual interpretar qué significa realmente lo que se dice y quién se hace responsable de ello.
Además, el espacio público contemporáneo está marcado por una doble dinámica: la polarización como estrategia de impacto y la des responsabilización discursiva de quienes se presentan como “personajes públicos”. El ciudadano no encuentra puntos de anclaje desde los cuales construir una confianza estable, porque la escena está dominada por voces que no se presentan como responsables, sino como emisores de consignas diseñadas para captar atención. Pensamos en las campañas políticas, que hoy más bien son campañas de marketing.
El interés político por sostener una imagen de confiabilidad ha sido desplazado por la capacidad de producir impacto afectivo. Se trata de un movimiento de giro populista, no necesariamente en el sentido clásico, pero sí en su lógica que privilegia los mensajes-fuerza capaces de movilizar emociones antes que argumentos. El mensaje se vuelve un slogan-imagen: simple, directo, repetible, orientado a mantener el involucramiento más que a transmitir contenido.
Bauman ya advertía que la cultura de consumo desplaza el valor del objeto consumido hacia el acto mismo de consumir. En el mundo digital, esto se intensifica: el scroll es la forma pura de esa lógica. El anonimato, la saturación de mensajes mínimos, la dilución entre lo verdadero y lo fake, y la indistinción entre lo humano y lo bot profundizan ese giro “consumidorista”. Y las tecnologías de IA generativas (GPT) están llevando todo esto a un nuevo nivel.
Políticamente, el resultado es un coliseo de violencia y cinismo digital, donde la confianza pública se vuelve cada vez más frágil porque el espacio común está colonizado por estímulos que convocan afectos, pero no responsabilidad respecto a la verdad y las consecuencias de lo dicho.
4. ¿Cuáles son las consecuencias individuales y colectivas de sentirse expuesto a campañas de desinformación o manipulación digital durante un proceso electoral?
En el plano individual aparece una vivencia de intrusión y agotamiento, una sensación de que el propio pensamiento está siendo desbordado, manipulado desde afuera por fuerzas que saturan el espacio mental. Esto deja al sujeto expuesto a la confusión, la irritación y un repliegue que debilita la capacidad de sostener decisiones autónomas. En el plano colectivo, se instala un clima de sospecha generalizada que corroe la vida democrática: la conversación pública pierde espesor simbólico y se reduce a un flujo de imágenes y consignas diseñadas para producir afectos antes que argumentos. El cuerpo social se fragmenta, la deliberación se empobrece, y la confianza (condición mínima de cualquier proceso electoral) se ve gravemente dañada.
Como recuerda el viejo adagio, “calumnia, que algo queda”. El ejemplo es conocido: candidatos que insinúan que, si no ganan, debe existir manipulación electoral. La premisa no es competir, sino instalar la duda anticipada sobre el resultado.
Las campañas de desinformación operan del mismo modo. Parten de insistir como cierto aquello que no corresponde con la realidad, y por deslegitimar los fundamentos de cualquier punto de vista que se les oponga, incluso si viene acompañado de evidencias irrefutables. Al ciudadano digital, ese mensaje le llega con más fuerza que aquello que requiere ponderación, análisis o criterios comprobables.
En ese sentido, las campañas de desinformación típicamente apuntan a destituir a los discursos sobre los cuales hemos construido nuestros idearios civilizatorios. Por ejemplo, si se deslegitima la ciencia podemos dejar de hacer esfuerzos por controlar el calentamiento global, pero también ¿por qué confiaríamos en la ingeniería que sostiene un ascensor? Si se deslegitima al periodismo como cuarto poder no debemos preocuparnos por la información que no nos acomoda, pero también ¿quién queda para ejercer una prudente vigilancia sobre los demás poderes del estado? Siguiendo esas derivadas, lo que resta es una desconfianza radical en el otro, una erosión del lazo social que deja empobrecido al espacio democrático.
Es importante entender que, tomadas como conjunto, las campañas de desinformación y manipulación digital tienen un efecto destructivo que va mucho más allá de las temáticas específicas que les atañen.
La nota periodística aquí: https://www.vddchile.cl/el-impacto-de-los-bots-en-las-elecciones-como-influyen-y-por-que-importan




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