• Lucio Gutierrez

El silencio en psicoterapia

El silencio es fundamental en los procesos de psicoterapia. Sin silencio no damos espacio a la creación, al necesario tiempo para la maduración de la ideas y de las posiciones personales. El silencio en una urbe capital parece un bien escaso, un bien de pocos. En cierto sentido, los analistas celamos el silencio. 


Cuando pasado un tiempo surge el silencio y el mundo calla en la consulta de un analista, ¿quién habla?. Nos sorprendemos cada vez que atendemos al silencio pues nos confronta con la multiplicidad de voces que emergen en cada individuo. En la medida que el silencio toma presencia en una sesión de análisis, comienzan a surgir con él las voces, las melodías y los vaivenes propios a cada individuo.

Sus modos de orientar el mundo, sus gustos, sus contradicciones.

Pero aunque ello parezca tener ribetes románticos, nada más lejos. El silencio confronta con aquello que ha buscado hacerse presente en la cotideaneidad, que no ha encontrado lugar. Ello suele tener la marca de lo doloroso y padecido. Las voces y las miradas en torno al dolor suelen ser parte de aquello acallado, relegado al silencio.


Tolerar pues el silencio no es difícil por el silencio sino por aquello con lo que el silencio nos confronta. Donald Winnicott, uno de los maestros del psicoanálisis, le llamó la capacidad para devenir en soledad a esa capacidad que observamos en presencia del silencio. El silencio nos confronta al mundo relegado al olvido que habita en nosotros. Un mundo que se vuelve amenazante si no se ha desarrollado dicha capacidad.


La capacidad para devenir en soledad no se basta a sí misma. Alguien podría decir “Sí, yo ciertamente tengo desarrollada mi capacidad para estar a solas conmigo mismo, lo hago todo el tiempo”. Y bien, puede ser el caso. Pero el verdadero índice de dicha capacidad no reside en el estar a solas como sinónimo de aislamiento o desconexión. Todo lo contrario. Es estar a solas en presencia de alguien más, en una experiencia de intimidad emocional. He allí lo propiamente maduracional.


Las confusiones entre la naturaleza integradora del devenir en soledad y el aislamiento replegado respecto al mundo son frecuentes, sobretodo en aquellos individuos que por diversas circunstancias en la vida han desarrollado intensas defensas en contra de ansiedades depresivas. Los individuos volcados sobre sí mismos, los sobreadaptados o aquellos que habitan en su propia cabeza como alternativa a residir en su cuerpo.


Un ejemplo: A. es un hombre que no tolera estar callado cuando se encuentra en una situación con otra persona. Se siente obligado a tener que decir algo, aún cuando no tiene interés de hacerlo. Esta presión va más allá de un sentimiento de inseguridad respecto a si está siendo descortés, le produce angustia. Si no puede decir algo, buscará alguna excusa para retirarse del lugar...


Enfrentados al silencio en un análisis nos encontraremos con mundos poblados de voces disidentes, de ideas, fantasías y deseos. Allí un viaje analítico tendrá mucho que escuchar. En la mayoría de las veces ya el sólo hecho de escuchar dichas voces proporciona la cualidad sanadora al proceso de psicoterapia.


En otras ocasiones, en cambio, frente al silencio lo que encontraremos no serán voces sino una vivencia de replegamiento, vacío y soledad. Un mundo donde sólo una será la voz que domina, en un mundo de objetos y edificios vacíos e inhabitados.


Recordando una conversación en análisis, figuro esta cuestión como los procesos maduracionales de las frutas. La uva, por ejemplo, requiere de cierto tiempo para madurar. No puede ser menos que ese tiempo. Pero una vez concluido ese tiempo las diversas texturas de las uvas serán efecto de las condiciones del ambiente. La fruta encontrará diversas formas, pero en todas ellas podrá decirse que está madura. Si una helada llega antes de ese tiempo, decimos que la fruta se ha pasmado.


Curiosamente, cierta fruta pasmada parece una fruta lustrosa e intacta. Como si en apariencia hubiese continuado su proceso maduracional. Al probarla, la fruta pasmada muestra su dureza, su seca podredumbre o su carácter inacabado.


Estar en una experiencia analítica confronta con aquello pasmado, congelado en el tiempo, y el enfrentarlo suele venir acompañado de dolor. A través del silencio compartido se observa el fruto pasmado, la seca podredumbre del ser, aquello que diferencia a aquellos individuos que viven en un mundo poblado de voces de aquellos que viven en un mundo congelado, pasmado en su desarrollo.


Estas dos formas que surgen frente al silencio, la de las voces disidentes y la del fruto pasmado, marcan momentos y experiencias de análisis muy diversas. A veces será tarea del análisis simplemente escuchar y conversar en torno a esas voces. En otras ocasiones, será tarea recuperar lo pasmado descongelando progresivamente lo viviente en cada individuo.

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